Una visita al infierno

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La relación con Joaquín se tornaba difícil. Yo no me hallaba y él ya no era tan paciente para tolerar mi desequilibrio. Nuestra primavera había sucedido hace mucho. Podía ver cómo el otoño con el afán de una estrella de mar se hacía invierno, y con el paso del tiempo los sentimientos se estaban enfriando; nuestra chimenea, ideal para estos tiempos, estaba averiada, de ningún modo habíamos intentado repararla ni siquiera intentábamos abrigarnos en una fogata.

 

Las discusiones eran frecuentes y ese viernes recitó una lista de prejuicios que criticaron la mujer en quién me había convertido. Esas palabras protagonizaron un pensamiento recurrente que golpeó mi autoestima hasta quebrarla. Las esquirlas brotaban de mis ojos abriendo heridas que flotaban por toda mi habitación, yo las recogí y las puse en mi mochila, no había tiempo para susceptibilidades.

 

Cuando ha pasado tiempo que no visito el infierno, me entra una sensación de insatisfacción en todo mi alrededor, al principio no descifraba mi sentir, pero fui descubriendo que esas visitas eran la dosis que requería para equilibrar mi ser. Salí y las luces adornaban la ciudad con calma, esa que hace tiempo no habitaba mi ser, mis lágrimas atrapadas en las palabras que yo no había podido decirle a Joaquín porque no quería que me escuchara llorar, alimentaban mis ganas de escapar de tanta realidad.

No estaría tranquila hasta anclar mi conciencia a alguna sensación que compensara el hilo de emociones, que se estaban tejiendo dentro desde la discusión con Joaquín. Así que bebí copas de vodka, una tras otra, buscando el valor para tocar la puerta de algún infierno. Al terminar la noche todo había sido nulo, estaba ebria y sin ningún abismo que explorar.

 

Abrí un chat que tenía pendiente y le escribí que me parecía una excelente noche para brindar con él. Contestó de inmediato. Acomodé mi cabello y me puse labial, quería evitar que notara mi exceso de alcohol.

 

Mi teléfono timbró, era él, un hombre de 1.85 de estatura, corpulento y con una sonrisa resplandeciente. Mientras me subía al auto, agradecía que mis decisiones estuvieran influenciadas por el alcohol, de otra forma, no hubiese sabido cómo actuar.

—Google Maps es una gran herramienta, me fue fácil llegar —me dijo y reímos.

—¿Qué quieres hacer?

—Abrir la puerta de algún infierno –dije yo.

—¡Wow! Yo también quiero ir.

—Esta noche la entrada al infierno será por la puerta de mi casa.

 

Al entrar, le ofrecí mi sofá y dejé la música a su elección. Fui al baño y me vi en el espejo, mi intento por enmascarar el nivel de embriaguez había fracasado. Mis ojos entre dormidos y despiertos me delataban. Pero, ¿qué era lo que me preocupaba? Sería algo de una noche.

Al fondo escuchaba una canción del Maestro Roberto Roena, “¿Cómo te hago entender?”. Nuestros gustos musicales coincidían y me detuve a escuchar ese perfecto: “¿cómo te hago entender este sabor amargo, sabor de derrota que crece en mi boca cuando tú no estás?, ¿cómo te hago entender que se me rompe el alma y no puedo evitarlo cuando tú te marchas cuando no sé de ti?”. Esas letras avivaron mi pensamiento recurrente por lo que había dicho Joaquín, y antes de que me invadiera la tristeza, salí del baño.

 

Me tomó de la mano y empezamos a bailar. Me causaba mucha gracia ver cómo me enredaba entre sus vueltas. Su sonrisa resplandeciente me resultaba tremendamente seductora, y ese aspecto de hombre fuerte solo era su envoltura, pues su trato hacia mí, era delicado. La noche trascurría y ninguno de sus movimientos abrían paso al deseo, yo pensaba que esa noche sería desperdiciada, no quería terminar dormida de tanto beber.

—Me duele la cabeza –dijo.

—¿Dónde te duele? –Le pregunté. Y me pareció un buen momento para besarlo.

 

Me puse frente a él, de modo que mis senos quedaran ante sus ojos. Mi blusa traía un escote lo suficientemente pronunciado, él lo vio con insolencia, me senté sobre él y lp besé, iniciando una aventura en sus labios. Explorando el cuerpo sentía cómo hervía su irreverente lengua al pasar por mi cuello, dejé caer mi blusa. Si esa era una visita al infierno quería deleitarme hasta el punto más elevado. Mi lengua también transitó por su cuerpo, recorrí sus orejas, y bajando por su nuca desabroché su camisa, para contemplar su pecho, me devolví lamiéndole el pecho, pasé por el cuello y terminé nuevamente en sus labios. Sonrió.

 

Desabrochó su pantalón, y me tomó del cabello llevándome hasta la superficie de su pene, mi traviesa lengua lo humedeció, lo invité a entrar en mi boca, lo saboreé, su placentera expresión me excitaba, me miró fijamente mientras sujetaba mi cabello; luego me besó. Sus manos me tomaron por la cintura, bajando mi falda. Me llevó hacia la cama y acarició mi sexo con su lengua, sus movimientos desordenados me agitaban, sentía que quería absorber la pasión que fluía del encuentro a través de mí, los jadeos decoraban el ambiente. Me dio la vuelta y sentí su sexo dentro de mí, aunque lo sumergió suavemente, y una vez dentro, se desató con fuerza devastadora. El goce era tal que ya no me sentía ebria, quería disfrutar esa sensación antes de llegar al placer absoluto.

Lamía mi cuello con rudeza, y yo sentía su ser. Cada gemido era liberador y hacía de ese espacio más placer. Mi necesidad de seguir experimentando sensaciones era infinita, quería bañarme en lujuria hasta que me doliera el alma. Sujetó mo cintura, mientras me lo hacía exaltado, nuestras agitadas caderas danzaban a un ritmo perverso, pasó su lengua por mi mi oreja y me dijo:

—Quiero venirme sobre ti.

No me dio tiempo para aprobarlo, me dio la vuelta y sentí su semen sobre mi cara. La expresión de su rostro, tan varonil, ensanchó mi deleite, no recuerdo cuál fue la última vez que me sentí así.

 

Me desperté y no estaba a mi lado, su ropa aún estaba sobre la alfombra, no se ha ido aún, pensé. Lo encontré fumando en el balcón.

—¿Descansaste? —Me preguntó

—Sí, ¿y tú?

—Usaré tu bañera, si no te importa, luego me iré.

—No sin antes hacerme el amor una vez más.

—No lo creo. Contestó –y apagó el cigarrillo en el barandal.

 

Entró a mi bañera, el agua empezaba a resbalar por su ardiente piel morena mientras el vapor empañaba los vidrios. Sentada en el sofá contemplaba su derrier voluminoso y redondeado, que hacía juego con el leve hundimiento que recorría el largo de su columna. El calor me atrapaba e inundaba mi imaginación, mis dedos rozaban la humedad de mi sexo, acaricié mi clítoris con intensidad temblorosa, mientras veía esas manos varoniles sacudirse la espalda. Estallé de placer salpicando el sofá y mi gemido cautivó su atención.

Volteó, su miembro estaba erecto, bajó la mirada.

—Puedo notar que no estás arrepentida de nuestra noche, pero a mí me está costando hoy —suspiró —. No volveré a ver a mi mejor amigo a los ojos… Pero no te preocupes, Joaquín jamás lo sabrá, me encantó hacer el amor contigo. Aun cuando sé que en pocos días volverás con él.

Jéssica Castillo

Cuento