Retahíla zurumbática

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Un solo hombre,
dos voces tan distintas una de la otra, como amar y matar,
había cuatro convicciones sin punto de quiebre y ninguna coherente,
cinco personalidades despersonalizándose entre ellas,
todas prestadas a seis nombres, saltando para ser llamados.
Un permiso de siete minutos para cada vida,
tan solo ocho vidas en una sola casa,
nueve años encerrado,
balbuceando diez palabras ajenas.
Infinito padecer.
De diez crímenes ha sido acusado, todos ellos por matar al único hombre que sigue vivo,
quizás de nueve ha sido autor material,
siguiendo directrices de ocho voces habitando su cabeza, decidiendo antes que se asome su intelectualidad.
Siete minutos, solo siete, espera paciente su turno, para recordarse,
entre seis nombres, tal vez el suyo, corra a bautizarlo,
de las cinco personalidades, quizás una le pertenezca,
no se reconocerá entre cuatro convicciones creadas en las que la incoherencia es tanta que ¿su existencia es coherencia?;
dos voces son aturdidoras, cuando escapan juntas, al mismo tiempo y de la misma boca.
Un solo destino que una de sus voluntades no planeo,
una sola realidad, que una de sus ideas no creó,
un mismo infierno, que ninguno de sus demonios imaginó,
o tal vez todos lo crearon y tan solo, uno lo olvidó.
Un diagnostico convertido en unidad de un solo hombre habitado por el caos.
“Un hombre loco inocente de la inconsciencia de sus conciencias ha descubierto un vértice
dentro de un círculo: No son testigos sus recuerdos, ni las fantasías; nada lo conduce a
recordarse, pero todo lo ha hecho olvidarse de sí mismo, como un número entre el dos y el
cuatro que él jamás mencionaría”.

 

Alejandra Velandia

cuento