Mucho más que disparos.

Alisson Balero Montoya

El barrio donde vivíamos con mamá de pequeños siempre nos pareció maravilloso, una fiesta llena de música, piñatas y disparos. Los de afuera decían que era peligroso, que allá no escurría lluvia ni bajaban gotas de agua por las ventanas, sino que solo se escuchan caer contra el piso, como un aguacero, el tintineo de las balas, y que los vidrios estaban pintados no de la niebla del frío, sino con agujeros y estallidos que dejaban las piedras, los cascos y cualquier cosa que sirviera de arma. 

Eso nos decían y nos miraban de reojo, con distancia, porque también creían que lo que hacía el bulto en la parte de atrás, en la espalda baja de nuestras camisas, era un aparatejo de esos que no solo comprábamos, sino dizque, con orgullo, hasta fabricábamos. Ellos no sabían que ahí solo iban botellas de plástico con canicas dentro, para poder jugar donde fuera que llegáramos. No tenían ni idea que esos disparos de los que hablaban no eran de ningunas pistolas ni revólveres, ni tenían calibres o diámetros; aunque sí es cierto que a veces dejaban muertos. Porque muertos de júbilo quedábamos todos cuando en diciembre empezaban a reventar los totes y se alzaban las bengalas, cuando las luces iluminaban el cielo y se escuchaba ese ¡pa, pa, pa! que nos dejaba quietos y atónitos por igual. 

Ellos nunca habían vivido como nosotros las tardes donde les poníamos los vasitos de plástico a las llantas de las bicicletas remendadas, tan chiquitas que casi pedaleábamos con las rodillas; los días donde sabíamos que eso no era una cicla, sino una moto que iba a toda, con fuerza, que a veces se estrellaba contra las paredes, y de la que si salíamos volando terminábamos rompiendo ventanas enteras. Porque en ocasiones empujábamos demasiado para que sonara más y más duro, y corríamos por la planicie hasta alcanzar la curva que iba colina abajo, para tirar al increíble piloto que siempre se partía algo o perdía un pedacito de piel cuando por fin alcanzaba el fondo. ¡Run, runnn! sonaba la moto: Supersónica Victoria se llamaba, y era de todos los niñitos del barrio; nos la turnábamos para guardarla y limpiarla, y las niñas la montaban de medio lado para saltar hacia la colina de arena antes de la chocada. Nosotros nunca fuimos tan valientes y decididos, más bien arriesgados y arrepentidos, porque siempre nos terminábamos dando, después del ñiiii del frenazo, un ¡paff! seco contra los ladrillos que se cerraba con otros ¡plas, plas, plas! de aplausos alegres que venían de la cima, tal como se hace en el teatro, agradeciendo y calificando, al mismo tiempo, el santo totazo.  

Ellos, quizás en toda su vida, nunca tuvieron que escuchar el peor disparo de todos, ese que sí te destrozaba el alma y sonaba todos los días a la misma hora: “¡yaaaa!”, gritaba mamá desde la ventana del segundo piso, con las manos alrededor de la boca, tal como lo hacíamos nosotros cuando jugábamos a las escondidas y a todo pulmón decíamos ¡1,2,3 por mí y por todos mis amigos!; un dolor de muerte para el que contaba y un airecito fresco para los que creían que ya todo estaba perdido. Felicidad inmediata hasta que ese “ya” fatal nos alcanzaba los oídos y nos hacía bajar la cabeza y arrancar pa’ la casa, a comer, a bañarnos y a acostarnos; porque sí, todo eso decía ese “ya” definitivo, al que, si no se le hacía caso, traía máquina de guerra y se convertía en el más terrible de los disparos, ese que nunca fallaba, dolía como nunca, se hacía notar con un horrendo ¡plap! y te dejaba, donde fuera, el rojo característico del plástico puro en talla #35… Esos eran los sonidos de nuestro barrio, que se repetían en armonía, porque detrás del “¡ya!” de mamá se alzaba el ¡buenooo! de la señora Susana y el ¡ajá! de doña Esmeralda, y uno a uno echábamos pa’ dentro con apuro, tristeza y rabia. 

Aunque también había otros disparos: los que sonaban cuando el palo de escoba desenroscada se estrellaba repetidamente contra esa caja de cartulina, forrada con flecos de papel crepé, que guardaba el tremendo tesoro de gomitas, bon bon bunes y otras glosinas. O el que hacían las velas volcanes cuando las prendían para las quinceañeras, uno de los grandes lujos que se podían, por lo especial de la fecha, permitir ellas; sonaba el ¡fumm! acompañado de destellos que se abrían paso no como lava, sino más bien como estrellas fugaces aquí en la tierra. Y después de eso estaba el más chistoso de todos, el que hacía el parlante de Don Jorge, ese que se usaba para todas las fiestas, cuando apenas iba a prender: ¡tum!, ¡tum! se escuchaba, y recordaba a la misma tos enferma que cada 20 minutos soltaba el viejo de los pulmones y la garganta, quien nunca se resistía, eso sí, a una “azotada de baldosas” contra el pavimento, otro sonido celestial de nuestro barriecito dulce, otro crimen más del supuesto hueco amargo.

Y es que así vivíamos nosotros, entre disparos diarios, festivos y esporádicos, que nunca fueron verdaderamente de metal dañino y profano, sino de carcajadas fuertes y gritos claros. Y yo sé que quienes siempre nos han visto desde arriba nunca van a entender eso, porque solo escuchaban ¡PAM! 1, 2, 3 veces seguidas, 5, 6 u 8 veces al día; pero nunca podían diferenciar todos los disparos que teníamos acá abajo, esos que siempre, sin importar muchas cosas, nos terminaban alegrando la vida. 

 
 
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Alisson Balero Montoya