Lolita Express

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No se puede sentir envidia hacia una mujer que salga con un hombre mayor.
(Así: alto, robusto, pelo blanco, atorado por el aire, fatiga involuntaria. Viejo).
Una chica que viste colegial y usa ligueros escondidos bajo la falda de cuadritos, es una niña simulando que conoce todas las eras del sex shop, influenciada, claro está, por las porn pages que sus amigas le recomendaron cuando le dijeron: “es normal que una mujer vea porno”.
De tanto buscar un príncipe viejo y con alguna afección pulmonar, empezó a memorizarse los ciberespacios recurrentes donde podía encontrar:

Papá $herk sorprende a su hija ogra ($emen verde-no efectos).
Pitufina y el abuelö Pitufö.
El papá de los dragones visita a su dragona (sin censura).
El niñero j@rdinero (versión soft).
Blancanieves y los siete orgasmos (con enanos de verdad).

Entre otros títulos que podrían arruinar su infancia si no le produjera cierta palpitación ver a esos viejos con jovencitas. Fantaseaba que todas eran ella, y todos eran él: el maestro de sociales, retirado y jubilado que en las fotos se parecía a su padre, sino que más ajado e indecoroso.

Aquellas páginas las buscaba delicadamente, donde los protagonistas fueran vejestorios; las razones: experiencia, agotamiento, inhaladores, voces ásperas, sonrisas acabadas. Seres sometidos al paso de los años eran su excitación, cuando en la intimidad de su habitación de teen apasionada por el pop insulso y los posters coloridos; presionaba el liguero bajo la falda colegial cuando veía tales videos absurdos, sobre actuados y más parodias que porno. Apretaba el costado de su muslo al imaginar que su imagen kawaii occidental inspiraba un mal pensamiento en su profesor, en su padre, o en el amigo de su padre.

Cliché, sí, todas las chicas express sueñan con ser clichés, sobre todo, las Lolitas auto proclamadas, porque nadie le exigió que lo fuera. Quiso usar el corbatín suelto de seda roja sobre la camisa del uniforme y presentarse en foros explícitos como:

Me llamo Lolita Express. Puedes soñar conmigo.

Soñaban. Sobre todo los más pervers cuando le preguntaban:
¿Cuántos años tienes? ¿Te gustan mayores? ¿Qué tienes puesto?
Ninguna chica gamer que ganaba dinero en esas páginas patrocinadas por otakusolvidados que pagaban por los más explícitos cosplayers de cuerina e hilos sobre las nalgas con una ballesta o el cetro de Sailor Moon, ninguna, ganaba tanto como Lolita Express.
Sobre las cosplayers exhibicionistas y que vendían agua de su bañera o saliva en vasitos, tenía una ventaja:

ser una meta-fantasía.

Ninguno de los internautas de los foros, ni el de más bajos pensamientos, podía creer que una chica soñara con un viejo. ¿Es un chiste? El problema de Lolita Express era probablemente eléctrico y edípico al mismo tiempo, ¿o solo le gustaba tener el control sobre un sujeto de poco deseo, y darle la esperanza de soñar?
De pasar las noches leyendo los comentarios sobre su cuerpo, sentía la carencia del placer visual, la piel, el olor y los sabores desconocidos (reacción que le debía a una pastilla azul).
A sus trece años nunca había podido sentir placer sexual físico; y al bailar con los otros pubertos en los antros de adolescentes postmodernos, con más ácidos y techno que antes, solo encontraba torpeza e inexperiencia. Pero existía un viejo que siempre la miraba en el vagón del metro, en la línea B, el viejo más verde de la oficina de abogados del Centro, quien se haría una paja al verla si no tuviera la verga muerta.
Ser una Lolita requería de los vestiditos, la inocencia, y es que es delicioso ser subestimado, verse inofensivo y ser una bestia. El largo de las faldas y las blusas que dejaban al descubierto sus pezones pequeños, eran completamente “inapropiados” para las señoras que viajaban en el metro embutidas en tanta ropa que es difícil encontrar una curva en sus cuerpos. Estar en plena evolución se sentía como estar lista para cazar.
Pero nadie se podría imaginar la sorpresa del vejestorio cuando un día sintió a esta muñequita de porcelana tomar valor y agarrarle el paquete en el momento más atestado del metro. La vio esconder su otra mano entre los pliegues del vestido para introducir sus dedos en la lencería blanca de elegido encaje. Y aunque apretujada, toda la situación fue tan excitante para ella, que un pequeño squirt se resbaló por las medias en medio de ese grupo de personas, dejando gotitas cristalinas y babosas en el suelo.
El pobre no podía estar más presente sino como objeto, como una revista porno a la que le recortaron los genitales y los ojos.
Tan pronto como llegó el orgasmo y lo caliente del cuerpo se hizo tibio, miró al hombre que todo ese tiempo solo se había quedado con la misma expresión idiota. Entonces sintió el olor a orina y a pomada, acompañado de unas ganas impresionantes de vomitar; se abrieron las puertas de esa estación y su propio cuerpo la empujó fuera del metro. Desestabilizada, cayó de rodillas y vació su estómago. Se le manchó el vestido (¡mierda!), luego se incorporó, sintiendo unas lágrimas bajándole por las mejillas. Se había dado cuenta de que su olfato y vista eran incompatibles sexualmente.

Ser parte del mundo cibernético era ahora la única opción para encontrar una solución al problema. En el mundo de la paga por shows privados, tokens, y el oh my bod vibrando al ritmo de la malicia de sus sugar daddys; se convirtió en el desprenderse de su cuerpo, en especial de sus otros sentidos, para que una habitación se convirtiera en una pantalla negra que dominaba sexualmente, siempre de noche, con la cámara que había pedido por Aliexpress con la tarjeta de crédito de su papá.
La vida física poco a poco se hacía menos significativa. Había nacido para vivir del otro lado del cristal, pegada a él, haciéndose el amor en una vitrina, mientras veía en su contraparte a un hombre maduro, como un vino añejo del cual solo podría disfrutar visualmente vertiéndose en su propio contenedor, pero aun sintiendo el olor y sabor del lubricante de chicle que le ponía a su dildo transparente.
¿Cómo podría pudrirse una fruta en una nevera? ¿Cómo era que a sus dieciséis estaba más allá dela adultez?
Las páginas webcam se habían multiplicado: cocosweeties.com, bluelightangels.com, lightingchat.com, hasta loliprincess.com –su competencia directa-. Se había convertido en una adicta del LCD visual effect y al electro house psicotrópico que le taladraba el cerebro con sonidos agudos y alucinaciones.

La realidad del colegio y la familia parecía más irreal, improbable. Muchas veces se levantaba de la cama, se ponía el uniforme y daba una vuelta en metro mientras sus padres se iban a trabajar, todo eso para regresar a casa y solo dormir.
Cada noche traía otra juerga de placer tecnológico, a tal nivel que la realidad se hacía flexible, con los días fáciles de digerir, y para el final, solo las noches, noches infinitas que le iban reventando los nervios, cortándole los hilos de vuelta al umbral donde se conectaban sus dos dimensiones.
En el momento en que “la vida real” de Lolita Express tomó valor para abrir la puerta de su habitación, reveló su cuerpo blanco, desnudo en éxtasis, iluminado por la luz azul del monitor, el vibrador cristalino adentro, unas esposas de peluche rosado la ataban a la cama, los ojos blancos y unos audífonos de diadema con orejitas de gato.
Después de esa noche, ya vivía en el nirvana de metadatos. La metieron a un cuarto blanco que se expandía, pero ella hacía parte del internet por conexión WI-FI, y daba ahora los mejores shows holográficos en 3D, en su propia página: lolitaexpress.com. De fondo se escuchaba su canción favorita para un strip virtual y computarizado: 212 de Azealia Banks.

What you gon do when I appear?
W-W-when I premiere?
Bitch the end of your lives are near
This shit been mine, mine…
What you gon do when I appear?
W-W-when I premiere?
Bitch the end of your lives are near
This shit been mine, mine, this shit been mine, mine, this shit been mine,
Mine.

Sorna

cuento