Hamartia de madrugada

Elkin Arciniegas

Vargas vio por última vez la foto que le había dado Quijano. La miró rápido como si tuviera esculpido entre sus recuerdos la imagen de aquel personaje al que le tenía que disparar; cerró su abrigo y de paso palpó el arma con sus yemas tibias. Se recostó sobre la pared, quiso prender un cigarrillo pero se abstuvo, pensó en ello, reconocía por experiencia que cuando fumaba se alteraba más de lo normal y en ocasiones le hacía pifiar la puntería; lo que menos deseaba era eso, esté quizá sería su último trabajo del año. El cojo Quijano había dado instrucciones claras: una muerte cruel, sádica, un rostro irreconocible. Cuando le pasó la foto tuvo sus dudas, el chico era muy joven, ¿no sería un error? ¡No! Había sentenciado El Cojo Quijano con voz de cirujano metódico. 

En el local del frente la oscuridad llenaba todo, nada escapaba de ella; lo único que podía iluminar un poco las mesas con sus finos paños verdes esmeralda era el fulgor socarrón de un poste a las afueras del billar donde trabajaba Cristo. Bajó las escaleras, manchadas en otra época por un barniz barato y feo. Pisó con firmeza la calle después de apagar el último interruptor que sofocaba por completo la luz del gran letrero con luces de neón rojizas: Billares El Negro. 

Todo quedó en completa penumbra al cerrar la puerta. 

Echó doble candado, sintió el olor del ambiente límpido, se subió un poco la cremallera de la chaqueta azul clara que su madre le había regalado la navidad pasada. Era su favorita, no había duda. Calentaba lo suficiente, y fue precisamente ese el primer comentario que hizo Cristo sobre ella, ideal para sus turnos largos y de cierre a la madrugada. Caminó a pasos rápidos y agiles. No le gustaba hacerse el gracioso yendo lento a casa, más, aquella noche que deseaba descansar completamente. No volvería al billar sino hasta las cuatro de la tarde del día siguiente: habría tiempo suficiente para dormir tras una larga jornada.  

En el silencio que lo arrullaba un motor ronroneando cerca lo alteró. El Perro aceleró su moto envenenada y en ese instante apareció ante Vargas la mirada tierna y dulce de su cliente. Cristo giró por instinto más que por otra cosa. Llevaba las manos enfundadas en los bolsillos, un morral colgado a un lado, donde llevaba un recipiente plástico en el que Marcelina, su madre, le guardaba algo para que comiera durante su turno nocturno. Quedó patitieso contra la pared, su cuerpo joven apenas pudo controlar la gravedad y ahí mismo cayó; como un destello perenne en medio de la noche clara y centelleante, tres luces iluminaron su mirada. A decir verdad sólo tuvo referencia de la primera, las otras dos no las sintió ni las vio. Menos las olió. El chispazo que lo sacudió en un primer momento surcó el lacrimal izquierdo, luego fue seguido por un fuerte estallido a menos de tres metros en el frontal del mismo lado. Para cuando estalló el último disparo sobre el parietal, la sangre derramada era tanta que Vargas para no ensuciarse tras bajarse de la moto, hizo saltitos inconexos para acercarse hasta el cuerpo impávido que descansaba sobre el yerto andén. Apenas terminó su trabajo observó la pared que había quedado fulgurada con una mancha inconexa. Miró atento en un eterno momento a su cliente, sintió una fuerte punzada en algún lugar donde la culpa aprieta y creyó que había un error. Guardó entre su abrigo su pistola y se subió a la moto que El Perro aceleró a tope. 

Tres calles abajo, ambos se quitaron las capuchas. Vargas se bajó y con un movimiento de cabeza, despidió a su compadre. Enfiló sus pasos hacía un vehículo azabache, sacó unas llaves de su abrigo y lo abrió. Cuando encendió el motor, pudo respirar tranquilamente. Ya estaba, ya había terminado. Abrió un poco la ventanilla y por primera vez en la noche sintió el ambiente claro y tranquilo, sin brisa. Sacó el arma, la revisó y la metió en la guantera. Se quitó el abrigo, lo dobló, a continuación hizo la misma operación con una sudadera que llevaba por encima de un pantalón. Todo lo guardó en una bolsa que metió bajo la silla del copiloto. Luego, de allí mismo tomó una chaqueta de servicio verde oliva que hizo juego con su pantalón, las insignias y su apellido. 

Se acomodó en su asiento, busco su móvil y llamó a Grajales, le recordó que había trabajo por hacer en una escena de crimen.  Aceleró suavemente. 

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Elkin Arciniegas