El arma de Dios

Miguel Velásquez Hernández

Cuando Dios está borracho y pierde en el billar,
saca el revólver y apunta al pecho.
Dispara sus testículos a quemarropa
hasta ver a su oponente respirar. 

Tiene fama de buen tirador.
Siempre practica con los asteroides y
jamás se le ha visto disparar una vida perdida. 

Cuando va al baño en una fiesta,
vuelve con la nariz polvoreada de estrellas. 

Se sienta mientras agarra el arma bajo su camisa

y les recuerda a todos quién es él.

Le gusta jugar a la ruleta rusa con sus amigos.
Llena el tambor del arma con tres soplos de vida,
luego reza para no reencarnar en la tierra otra vez.

Dios jamás deja de disparar. 

Se dice que sus tiros son más efectivos
cuando dan en el pecho.
Por eso siempre mantengo el mío alejado de él.

 
 
 
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Miguel Velásquez Hernández