Caídos del cielo

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Desde el día de mi nacimiento noté que mi familia era un caos. Todos querían alzarme y cantarme al tiempo. Yo pasaba de brazo en brazo del que cantara más fuerte en una cadena que parecía no tener fin. Tratando de comprender mi entorno me demoré 5 años en decir mi primera palabra. El instante fue un momento épico que toda la familia esperaba con ansias y que afortunadamente ninguno se perdió. Todo ocurrió en la cena de cumpleaños de mi abuela. Mi prima de 15 años con cierto nerviosismo nos confesó que tenía novio en el colegio. De un momento a otro se extendió a lo largo de la mesa un silencio seco, nadie sabía qué opinar al respecto, excepto yo, salté de mi alta silla y corriendo alrededor de la mesa grité:
– ¡Pecadooooo, pecadooooraa!

Mis tías gritaron, mis tíos aplaudieron, mi abuela y mi padre lloraron, los perros ladraron y mi madre sin decir nada se levantó de la silla y dio un gran golpe a la mesa. Empezó la discusión. Todos alegaban al tiempo porque mientras la familia quería celebrar que yo si podía hablar, mi mamá no podía creer que antes de decir “mamá” hubiera preferido decir pecado.

Mis padres, tíos y tías trabajaban todo el día y mis primos iban al colegio. Yo pasaba mis días con la abuela y sus amigas, escuchando sus rituales de oración por los pecadores, rezando El Rosario y aprendiendo todo lo que se supone no se debe hacer para caer en el infierno. En efecto, según mi abuela, mi prima iba para allá. Entonces pecado era lo que la definía, yo solo repetía lo que mi abuela mejor amiga decía.
En vista de lo sucedido, pasé años sin que otra palabra saliera de mis labios, analizando a cada miembro de la familia. Al crecer me convertí en la loca, en la nueva mascota de la casa a la que todos le contaban todo, pero que no emitía ningún juicio u opinión porque con el tiempo y la observación comprendí que mi abuela me había enseñado una palabra mágica que me ayudaba a entenderlos a todos y que demostraba que, como fuera, ya ninguno de la familia alcanzaría a llegar a las puertas del cielo como ella quería.

Pecado era exceso.

Pecado era nuestro apellido.

Pecado era la abuela mojigata con 15 hijos.

Pecado eran las tías chismosas hablando mal de los demás.

Pecado era mi tío tramposo dándoselas de avispado.

Pecado era mi mamá teniéndole envidia a la vecina.

Pecado era mi papá pensando que lo robaban por dar papaya.

Pecado era mi tía chillando por dinero y durmiendo todo el día.

Pecado era yo con pereza de hablarles pero con ganas de escribir.

Juliana Matallana

Cuento